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Morena, Maquiavelo y los mercenarios
Por:  / 20 agosto, 2017
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POR : César Morales Oyarvide

Para Maquiavelo, los soldados mercenarios eran tan inútiles y peligrosos que, por defenderse con ellos, Italia fue conquistada por el rey de Francia usando sólo “un pedazo de tiza”.1 En política, el uso de estas tropas no es menos peligroso: sus desmanes pueden acabar con la reputación de un líder o el trabajo de un partido con sólo unos minutos de video. Por eso resulta tan sorprendente que MORENA, el partido liderado por Andrés Manuel López Obrador, sea tan firme en su “política de puertas abiertas” hacia líderes y militantes provenientes de otras organizaciones que, como los antiguos mercenarios, pueden tener trayectorias o conductas cuestionables.

¿Se trata de una estrategia meditada y pragmática o, por el contrario, es una táctica temeraria y producto de la necesidad? Propongo acercarnos a la cuestión —una prueba de lo problemático que puede ser el reclutamiento y la formación de cuadros para un partido político— a través de uno de los temas predilectos del autor de El Príncipe: el correcto uso de los ejércitos.

Partidos y ejércitos

Pocos postulados de la obra de Nicolás Maquiavelo tienen un alcance tan general como los que se refieren a la mejor forma de organizar la fuerza militar. En su trabajo más célebre, El Príncipe, Maquiavelo discurre sobre los diferentes tipos de principados (los nuevos, los hereditarios, los que se obtienen por medio de la virtú o la fortuna) y brinda al lector una serie de recomendaciones específicas para gobernar cada uno de ellos (recomendaciones que son, además, distintas a las aplicables para las repúblicas, que son objeto de otra obra: los Discursos sobre la primera década de Tito Livio). Sin embargo, como señala la profesora Erica Benner,2 en asuntos militares hay un consejo que aplica a todos los Estados por igual: cualquier príncipe o república prudente que busque mantenerse debe apoyarse en armas propias, esto es, en un ejército popular, y no en las armas ajenas, especialmente en las tropas mercenarias.

Si establecemos una analogía entre un partido político y un ejército —en donde se cuenten militantes y cuadros en lugar de soldados y capitanes— lo dicho por Maquiavelo sobre el adecuado uso de las armas puede servirnos para arrojar luz sobre uno de los dilemas que enfrenta hoy MORENA, el partido político que aparece como puntero en la carrera presidencial. Empecemos por su reciente popularidad.

La “cargada” hacia MORENA

Cada vez con más frecuencia, se sabe de personajes o agrupaciones que “arrean las banderas de su partido e izan las de MORENA, lo que constituye una auténtica “cargada” de cuadros y militantes de diversos partidos a favor de López Obrador rumbo al 2018.

Por un lado, el PRD se ha visto sometido a una constante sangría que ha dejado a una fracción del partido con algo similar a un cascarón vacío. Durante los últimos meses, diputados y senadores del “sol azteca” han ido pasado a las filas de MORENA, de hecho o de derecho, ya sea por tacticismo o por una cercanía ideológica evidente hacia quien fue abanderado a la presidencia en dos ocasiones por ese partido. En marzo de 2017, más de la mitad de los integrantes de la fracción del PRD en el Senado rompió con el partido y se posicionó con López Obrador, incluyendo al hasta entonces coordinador, Miguel Barbosa, que no hacía mucho había acusado al tabasqueño de tener una “soberbia infinita”. Más recientemente, el 7 de agosto, dos ex dirigentes nacionales del partido —Pablo Gómez y Leonel Godoy— se sumaron al proyecto del líder de MORENA.

Más interesante aún resulta el traspaso de cuadros desde el PRI, que se suman a la lista de ex priistas que forman parte del primer círculo del grupo político de López Obrador desde que MORENA era un movimiento social y no un partido: desde Manuel Bartlett a Ricardo Monreal, pasando por Porfirio Muñoz Ledo. Uno de los casos más llamativos es el de Esteban Moctezuma, ex secretario de gobernación de Ernesto Zedillo y hoy uno de los notables que elaboran el proyecto de MORENA rumbo a las próximas elecciones. En los comicios de 2017, dos de los tres candidatos a gobernador postulados por MORENA tenían un pasado en el PRI: el empresario Armando Guadiana en Coahuila y el médico Miguel Ángel Navarro en Nayarit; sólo Delfina Gómez puede considerarse un cuadro “morenista”, al haber estado vinculada antes sólo al PT (vehículo institucional del lopezobradorismo antes de crear su partido).

Hasta el momento, el punto más alto de este proceso fue el domingo 9 de abril de 2017, con la firma del Acuerdo Político de Unidad por la Prosperidad del Pueblo y el Renacimiento de México en el Monumento a la Revolución de la Ciudad de México, a la que acudieron no sólo militantes de MORENA, sino líderes del PRD, del PRI, del PAN (a nivel local), de Movimiento Ciudadano e incluso del Partido Verde.

López Obrador ha asegurado en más de una ocasión que aceptará a los políticos de otros partidos que renuncien a su militancia y se arrepientan de lo malo que hayan hecho. “Al momento que salió del PRI se limpió”, dijo acompañado de Evaristo Hernández, un ex candidato a la alcaldía de Villahermosa al que AMLO había llamado corrupto y que en febrero de 2017 se afilió a MORENA. Lo anterior ha sido refrendado por algunos de los líderes con más solera dentro del partido, como Martí Batres, quien utilizó un pasaje del Evangelio según San Marcos para justificar la hospitalidad de su instituto político hacia los recién llegados: “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores”, dijo, citando a Jesucristo. Con todo, el respaldo a esta política del perdón no ha sido unánime: Ricardo Monreal (él mismo antiguo miembro del PRI y del PRD) ha señalado que, pese a su buen momento, el partido vive una “crisis de militancia”, en la que en ocasiones “llega gente de más”.

Tropas mercenarias, auxiliares y propias

Entre quienes se han sumado recientemente a MORENA habrá sin duda auténticos conversos, pero también perfiles más parecidos a los de los soldados que en la antigua Italia alquilaban sus armas por dinero. ¿Qué consecuencias puede tener aceptarlos? ¿Qué riesgos tienen las tropas mercenarias y auxiliares? ¿Qué ventajas tienen las propias?

Como Maquiavelo dejó dicho en su obra más famosa,3 el príncipe cuyo gobierno descanse en las tropas mercenarias no estará nunca seguro ni tranquilo. Las razones de esto son múltiples, pues estos ejércitos “están desunidos, son ambiciosos, desleales, valientes entre los amigos, pero cobardes cuando se encuentran frente a los enemigos, y no tienen disciplina”. Los riesgos en que incurre el que confía en este tipo de tropas no acaban cuando finaliza la guerra (o, en nuestro caso, las elecciones), ya que los mercenarios “durante la paz despojan a su príncipe tanto como los enemigos durante la guerra, pues no tienen otro amor ni otro motivo que los lleve a la batalla que la paga del príncipe, la cual, por otra parte, no es suficiente para que deseen morir por él”. En suma, escribe Maquiavelo, “quieren ser soldados mientras el príncipe no hace la guerra; pero en cuanto la guerra sobreviene, o huyen o piden la baja”. El escritor florentino no dudó en responsabilizar de la ruina de su patria a la excesiva confianza depositada en este tipo de tropas, que la habrían conducido “a la esclavitud y a la deshonra”.

Las llamadas tropas auxiliares no son menos peligrosas: se trata de aquellos soldados “que se piden a un príncipe poderoso para que nos socorra o defienda”. Aquí el riesgo, dirá Maquiavelo, está en que, si bien son útiles para sus verdaderos amos, para quien las llama son casi siempre catastróficas, “pues si pierde, queda derrotado, y si gana, se convierte en su prisionero”. No le falta razón: resulta difícil hablar de una victoria propia en una batalla o una elección cuando, debido al hecho de haber empleado tropas auxiliares, se deben ceder posiciones clave en el gobierno o en la bancada, sacrificar compromisos hechos con el electorado o, siendo rehén de su apoyo, cambiar decisiones o políticas públicas.

Por el contrario, las tropas formadas por los propios súbditos o ciudadanos tienen un compromiso más firme y duradero, y su actuar es más ordenado y disciplinado, al grado que, para Maquiavelo, a veces es preferible sufrir una derrota con ellas que una victoria con las ajenas.4 Valga como muestra lo realizado por Hierón de Siracusa (uno de los pocos modelos de virtú mencionados en El Príncipe sin ironía), que tuvo como primera acción de gobierno deshacerse del viejo ejército formado por mercenarios y crear uno nuevo con sus compatriotas, poniendo así “cimientos sobre los que pudo construir cuanto edificio quiso”.

Con base en lo anterior, Maquiavelo concluye que el uso de uno u otro tipo de ejército es uno de los aspectos en que más claramente se distingue la diferencia entre el actuar de un político virtuoso que busca sostenerse con base en los recursos propios al del príncipe imprudente que depende de los ajenos, es decir, de la fortuna.

Eso, al menos, dicen los ejemplos antiguos. ¿Y los modernos?

Más cerca de nosotros, las ruinosas consecuencias del uso de tropas mercenarias y auxiliares en política puede verse en el caso de Gabino Cué, cuyo gobierno en Oaxaca naufragó, entre otras cosas, por el alto número de mandos en su administración que obedecían a “amos” distintos a él: no sólo a los partidos de la coalición que abanderó en 2010 (formada por Convergencia, PAN, PRD y PT) sino incluso al PRI, a MORENA y al SNTE. El principal problema del gabinete de Cué Monteagudo no fue su origen plural (natural en un gobierno de coalición) ni el elevado número de cambios de los que fue objeto (de acuerdo con Proceso, 50 de 2010 a 2014) sino el que sus supuestos aliados hicieron su voluntad a tal grado que, como gobernador, nunca tuvo el control de su administración.

Por el contrario, alguien con trayectoria tan discutible como Rafael Moreno Valle demostró ser un mejor lector de Maquiavelo. Pese a que el exgobernador de Puebla también derrotó al PRI al frente de una coalición opositora y sometió a su gabinete a un número de cambios inaudito (al menos 75), nunca perdió el control del gobierno. En una administración donde las renuncias y los reemplazos fueron la tónica, los cambios en su gabinete no minaron el control del gobernador, que reservó los espacios más relevantes para sus fieles, sino al contrario. Así, salvo en los inicios de su sexenio, los cargos políticos de mayor nivel en el estado quedaron siempre en manos de un solo grupo: los “morenovallistas”.

No encuentro prueba más elocuente de las consecuencias del uso de uno y otro tipo de “tropas” en la política mexicana que los diferentes destinos de ambos exgobernadores: mientras que Moreno Valle logró imponer como candidato a su delfín, que hoy gobierna Puebla, en Oaxaca quien fuera jefe de la Oficina de Gabino Cué es hoy uno de los principales promotores de un juicio político en su contra.

¿Y MORENA? El constante ingreso de “tropas” y “capitanes” mercenarios al partido ha significado, seguramente, la entrada de más recursos, así como la cooptación de otras tantas clientelas, algo valiosísimo ante una elección que se espera competida. Sin embargo, esta suma aparente también puede restar. Como dejan entrever escándalos como el protagonizado por Eva Cadena,5 el empleo de este tipo de “soldados” puede poner en entredicho la principal diferencia con la que se presenta AMLO frente a los demás políticos, la honestidad, así como su mayor promesa, el combate a la corrupción. Como argumentaba Carlos Bravo Regidor, se puede elegir ser pragmático o puro, pero no ambas cosas al mismo tiempo.

La campaña electoral no ha comenzado, pero la conducta de los “mercenarios” que han entrado a MORENA es ya el centro de los ataques de sus adversarios y con seguridad lo será también en el futuro. ¿Llegarán “safe”hasta 2018? Incluso si las acciones de estos políticos no afectan la decisión de un electorado de preferencias poco volátiles (como parece ser el de López Obrador) y el partido triunfa en las elecciones presidenciales, este tipo de “tropas” pueden generar numerosos problemas una vez en el gobierno, como muestran ejemplos antiguos y modernos.

La alternativa: formar ejércitos propios

Maquiavelo fue siempre un enemigo de las opciones intermedias, y el tema de la correcta composición de un ejército no es la excepción. Del rechazo que todo príncipe y república prudente debe hacer a los ejércitos mercenarios, surge también una obligación, la de convertir a sus súbditos y ciudadanos en “armas propias”: su seguridad y la de su Estado dependen de ello. Lo mismo vale decir para los líderes de MORENA o de cualquier otro partido: si su interés es triunfar (y, sobre todo, mantener sus triunfos), deberían ocuparse en convertir a sus militantes en una cantera de cuadros.

Habrá quien considere que en su organización no existen “capitanes” con suficiente capacidad o experiencia, y que por ello no tiene más remedio que buscarlos en otro lado. Para ellos también tiene una respuesta el florentino, esta vez en sus Discursos: “es más cierto que cualquier otra verdad que, si donde hay hombres no hay soldados, la culpa es del príncipe y no de los defectos del lugar o de la naturaleza”.6 Es decir, que si un príncipe no tiene “armas propias” suficientes en su partido para ganar una elección o formar un gobierno, debe asumir que el culpable de tal desgracia es él mismo y no una “extraordinaria malignidad de la fortuna”.

En el mismo pasaje de los Discursos, Maquiavelo cuenta cómo en la Antigüedad dos generales de la ciudad de Tebas, Pelópidas y Epaminondas, derrotaron a los famosos soldados espartanos con un ejército formado por hombres que hasta hacía poco estaban acostumbrados a servir, demostrando que los buenos guerreros no sólo nacían en Lacedemonia sino en cualquier lugar donde hubiese quien los orientara a la guerra. De la misma manera, creo que todo político que busque convertirse en un buen príncipe debe pensar que en cualquier partido hay ciudadanos con la capacidad de convertirse en candidatos, funcionarios o líderes, siempre que tengan orientación hacia la búsqueda del bien público y el vivir libre.

MORENA: ¿virtú o fortuna?

La formación de cuadros es —como la elección de buenos aliados—una prueba de la virtú de un político. Es un camino difícil, que toma tiempo, pero probablemente sea el único que brinda una base sólida para construir algo que pueda llamarse proyecto nacional. La estrategia de crecimiento basada en la acogida de dirigentes externos —más rápida, más fácil— es una salida en falso, y quien la tome se abandona al azar, que lo mismo podrá llevarlo a las alturas que dejarlo caer al momento siguiente.

MORENA es un partido que se presenta como una opción distinta. Al menos en el discurso, y salvando las distancias, los fines que se propone están a la altura de los que Maquiavelo planteaba a sus lectores: liberar de los bárbaros a su patria. La pregunta es: ¿lo estarán también los medios y las “armas” con las que busca alcanzarlos?

César Morales Oyarvide es politólogo.

Publicado en NEXOS

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