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El silencio activo ante la degradación política
Por:  / 4 noviembre, 2016
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En las últimas décadas la descomposición social que se vive en México ha llevado a que con frecuencia en diversos sectores de la sociedad se deje escuchar la pregunta: ¿Por qué no hacemos nada? No hacemos nada como sociedad ante la inseguridad, o frente al cinismo de los políticos que han hecho de esa actividad una forma de enriquecimiento exprés, o ante las cada vez más difíciles condiciones económicas para un número mayor y creciente de la población, o ante los constantes crímenes de odio o feminicidios.

Las redes sociales se llenan de quejas, mensajes y propuestas que al final del día no llevan a nada o a casi nada. Se percibe un hartazgo ente las promesas de los políticos, pero al mismo tiempo se hace lo necesario (o nada) para que la situación continúe igual. Vemos que ante casos de corrupción enorme y reiterada no hay consecuencias, dejando notar que existe un vacío de poder y, en consecuencia, opera un “pacto de impunidad”, como señala el asesor en prevención del delito Edgardo Buscaglia.

La respuesta más recurrente es que hay miedo en la población, miedo de perder los pocos privilegios que se puedan tener, como un raquítico salario o no estar encarcelados o muertos, pero quizá tendríamos que pensar un poco más en las condiciones en que llegamos al estado de cosas actuales.

Sigmund Freud en 1930 emprende un exhaustivo análisis del vínculo del hombre con la cultura, y escribe su trabajo El malestar en la cultura. Ahí Freud propone que el primer elemento propiamente dicho de una cultura o civilización se encuentra implícito en el primer intento de regular la vida entre los hombres; lo contrario implicaría que las relaciones quedarían al arbitrio de cada individuo, es decir, “el más fuerte las habría fijado a conveniencia de sus intereses”. La instauración del “Derecho” se ha dado para que el poderío del más fuerte no prevalezca sobre los demás.

Sin embargo, parece que acudimos a un retroceso tal hasta casi anular este precepto necesario para la convivencia social. Nos encontramos en un momento social en donde también el más fuerte y poderoso (ahora económicamente hablando) se apropia del Derecho y establece a su libre albedrío las formas en que se dan las relaciones entre los hombres. Esto es lo grave: no sólo lo hace por su fuerza, sino que lo hace “legítimamente”.

Esta “negación del derecho” se trata esencialmente de una negación del valor de la Ley (con todas sus consecuencias), nos muestra al hombre en su aspecto más crudo, cruel e instintivo, donde, señala Freud: “el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus: ¿quién se atrevería a refutar ese refrán, después de todas las experiencias de la vida y la historia?”

Ante la falla del estado de derecho, tal y como hoy se vive en México (y los ejemplos son legión) las tendencias agresivas se colocan en el primer plano, sin posibilidad de ser reguladas, dado que la instancia reguladora del goce social es también partícipe de ese goce sin límites. Así, señalará Freud: “debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración”.

En México, como en otras partes del mundo, estamos precisamente al borde de esa desintegración ante un Estado que no tiene la autoridad suficiente para regular la vida social, al ser percibido incluso como una instancia que forma parte de la red delictiva que la socava. Pero, ¿por qué llegamos a esta situación? Sin duda, la respuesta es multifactorial, pero aun así, estructuralmente, podemos analizar algunos factores. Veamos.

Gilles Deleuze escribe en 1990, en Post-scriptum sobre las sociedades de control, que “Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del siglo XX. Operan mediante la organización de grandes centros de encierro. El individuo pasa sucesivamente de un círculo cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela (‘ya no estás en tu casa’), después el cuartel (‘ya no estás en la escuela’), a continuación la fábrica, cada cierto tiempo el hospital y a veces la cárcel, el centro de encierro por excelencia”. El proyecto consistía esencialmente en concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer una fuerza productiva cuyo efecto, señala Deleuze, debe superar la suma de las fuerzas componentes.

Este modelo —Foucault lo sabía— es de corta duración, sustituía a las Sociedades de soberanía, cuyos fines y funciones eran “gravar la producción más que organizarla, decidir la muerte más que administrar la vida”. Así, el poder disciplinario gobierna, en efecto, estructurando los parámetros y límites del pensamiento y la práctica, sancionando y prescribiendo los comportamientos normales y/o desviados.

La crisis de los centros de encierro: la cárcel, el hospital, la escuela y, sobre todo, la familia, se trata de una crisis interior, o mejor aún, estos centros son un “interior” en crisis. Ante ello se anuncian constantes reformas, sin embargo, los reformadores saben que estas instituciones están acabadas y sólo se trata de gestionar su agonía, usufructuar incluso su agonía, tal como ocurre en México, por ejemplo, con la reforma energética o educativa. Esta “administración de la crisis” es un paso a la instalación de las sociedades de control que ya están a la puerta.

Así, señala Deleuze, inspirado en El almuerzo desnudo de William Burroughs, “control” es el nombre del nuevo monstruo, que ya Foucault reconocía en nuestro futuro inmediato. El control se realiza a cada vez mayor velocidad y al “aire libre”. Los dispositivos móviles, las tarjetas de crédito o débito, los NIP y los ID son elementos de este control que posibilitan acceso a ciertos lugares y privilegios pero también una forma de conocer los movimientos, tanto físicos como financieros del individuo.

Con las sociedades de control se pasa, por ejemplo, de la fábrica a la empresa, lo que instituye entre los individuos una interminable rivalidad que, sin embargo, se presenta como una “sana competencia” por incentivos, oponiendo a un individuo con otro. Esto en el fondo lo que inhibe es la organización de los muchos para oponerse a las prácticas del poderoso.

En términos educativos, la tendencia es que la escuela, la educación en su conjunto, se ponga en manos de la empresa. Con ello, las escuelas pasan de ser centros de encierro para volverse centros de formación continua, siempre de acuerdo con los intereses de la empresa, desde luego. Los egresados serán mano de obra calificada y no más, una masa acrítica y sumisa a los dictados del poder. No es casual el embate permanente a que se somete a las escuelas normales rurales, por ejemplo, y los recortes a la educación que hoy lleva a las universidades públicas a vivir su mayor crisis.

Vivimos entonces en una sociedad de control que ya no requiere de los sistemas disciplinarios, por lo menos no ya de manera exclusiva, para poder ejercer el sometimiento de la sociedad y de los agentes políticos proclives al cambio. Los partidos políticos están rebasados y desde ahí, peligrosamente, encarnan el riesgo mayor, que no es la pasividad, como señala Slavoj Žižek en La suspensión política de la ética, donde escribe: “Hoy la amenaza no es la pasividad, sino la pseudoactividad, la urgencia de ‘estar activo’, de ‘participar’, de enmascarar la vacuidad de lo que ocurre.”

Quizá el silencio activo, quizá la organización íntima, el lazo social vivo, sean otras formas de oponerse a la sociedad de control que nos abruma. Quizá por el momento no podamos vislumbrar con claridad una salida, pero posiblemente Heidegger en 1951, en un texto traducido como Serenidad, nos dé una luz ante lo que las sociedades de control ofrecen, y consiste en decir sí y no al mismo tiempo.

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