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El amor desde la perversión
Por:  / 4 septiembre, 2016
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Para el psicoanálisis no hay enfermedad, no hay psicopatología, mucho menos trastornos de la personalidad. Son muchos los factores que pueden argumentarse para establecer la inutilidad de estos significantes para referirse a el lugar que un sujeto ocupa en el mundo.

Pero avanzamos mucho más si recogemos la propuesta de Freud de pensar la “psicopatología” humana como una estructura clínica o subjetiva. Es una forma, la estructura, donde se manifiesta el sujeto del inconsciente, es decir, desde dónde se organiza el discurso del sujeto, Jacques Lacan, quien llevo esta idea de nosografía al extremo, lo menciona así: “la condición del sujeto (neurosis o psicosis) depende de lo que se despliega en el campo del Otro”. Para Freud, las estructuras subjetivas se dividen en tres: neurosis, psicosis y perversión. Se trata de categorías opuestas que no permiten pensar continuidad entre ellas. Esto es, en tanto que no hay norma, no es factible pensar que un sujeto se posicione en más de una estructura subjetiva, ni que haya posibilidad alguna de que bascule entre una u otra. Se trata, en las estructuras subjetivas, de una determinación de la relación que cada sujeto mantiene con el deseo en tanto que es deseo de Otro.

Las coordenadas que se ubican en las estructuras clínicas son completamente otras que las que se buscan en la psiquiatría o la psicología. Lo que al psicoanálisis le interesa no es de qué manera un sujeto se acomoda con una supuesta “normalidad”, social o biológica, sino la relación que éste tiene con su deseo. Es el deseo lo que orienta la dirección de una cura, no lo es en ningún caso la búsqueda de una “normalización” en cualquier sentido que se pueda pensar esta palabra.

La perversión, de esta manera, no señala ninguna parafilia ni enfermedad. Se trata de una estructura que marca una posición del sujeto frente al deseo, ante el Otro. ¿De qué se trata la perversión como estructura? De ninguna manera podemos confundirle con cualquier conducta que sea sancionada como “perversa” por el orden moral o la legalidad, quizá en este punto podríamos pensar en los rasgos perversos en las neurosis. En la perversión como estructura se trata de una posición subjetiva ante el Otro, una posición que apela a las limitaciones de la vida sexual.

Cuando Lacan aborda esta tercera estructura, la perversión, marca una ruptura, que ya se señalaba desde Freud, con lo establecido por la scientia sexualis, y desde luego, en nuestro tiempo marca una distancia con la sexología y todos esos intentos de “normalización” de la sexualidad. Hay una distancia aquí, fundamentalmente con quien propuso la categoría de perversión, Krafft Ebing, quien en 1886 escribió Las psicopatías sexuales, donde presenta una clasificación de las perturbaciones sexuales con referencias esencialmente tomadas de la literatura. El psicoanálisis apunta en otro sentido. Se trata, en el perverso, no de un sujeto enfermo sino de alguien que mantiene una singularidad en su relación con el goce. El perverso sabe todo lo que tiene que saber sobre el goce sexual, el suyo desde luego, y desde ahí el del Otro. El perverso, escribe Lacan, “se imagina ser el Otro para asegurar su goce”.

Cada estructura opera su relación con el Otro, con el otro (como semejante), con la Ley, con el lenguaje, con su cuerpo y con el mundo de manera diferenciada: el neurótico lo hace mediante la represión, lo que lo lleva a dudar permanentemente, mientras que el psicótico lo hace desde ordenado por la forclusión que en él opera. El mecanismo en el que opera el sujeto de estructura perversa es la denegación, lo que implica no simplemente que desconoce la ley de prohibición del incesto sino que se mueve de acuerdo con una ley que se opone a lo establecido en algún punto específico.

Quizá esto que sigue sea difícil de explicar con respecto a la perversión, difícil pero necesario: el objeto de la perversión está fundado en el intento de negar la castración, constituye esencialmente una desmentida de la castración materna. El perverso se coloca como siendo aquello que le falta a la madre, se hace él mismo el falo que a la madre le falta. Esta acción se refleja en cada ocasión que el sujeto revela su relación con el Otro, siempre buscará cubrir la falta del Otro, ser o saber lo que el Otro tiene que hacer, su trabajo es tapar el agujero en el Otro, aunque no puede prescindir del Otro.

Si bien es cierto que el perverso se ubica como portando un saber sin fallas con respecto a lo sexual, en realidad no se refiere a lo genital como podría pensarse, se trata más bien de un saber con respecto al goce sexual, se trata del cuerpo no de la genitalidad. La certidumbre sobre dónde encontrar su goce hace al sujeto de la perversión un excelente señuelo para la incertidumbre en que vive el neurótico. Desde luego, en tanto que la falta no se ubica de su lado, como ocurriría en el neurótico, el perverso hace que, por ejemplo, su partenaire se haga cargo de la falta, sea portador de la angustia. Lo que el perverso no sabe, vaya paradoja, es que aunque en apariencia no le importan los otros, él se ofrece al Otro para que goce de él. Lacan le llama a esta paradoja “hacerse instrumento del goce del Otro”. En la vida cotidiana lo podemos ver a nivel fenomenológico en que no puede estar solo, así se coloca en posición de objeto.

El paradigma del vínculo con el amor, como ocurriría con todo lo que tiene que ver con el Otro, está marcado por el fetiche, que opera como un sustituto del falo materno en principio, en la infancia y, más tarde, el fetiche operara como instrumento de desmentida de la castración. Desde luego que el objeto fetiche no se puede comparar simplemente con un objeto material, se trata de una producción subjetiva, vamos, un guion que no puede alterarse. Un tipo de persona, una prenda (braga, sostén, zapato, labial, etc), un gesto, un olor, una cierta mirada, siempre esa, una luz, una edad, una condición etc., se convierte en objeto sexual. El fetiche es objeto causa del deseo, pero en el perverso él sabe cuál es, por más que esté velado por el objeto, se vuelve condición, a diferencia del neurótico que se mueve con la incertidumbre sobre lo que causa el deseo.

En la relación con su partenaire, con su pareja, el perverso no se reconoce como transgresor, al final de cuentas lo que busca es el goce del Otro, aunque esto sea mediante la imposición de una ley de goce en la escena. El perverso impone su guion de goce al Otro, se hace su objeto. Goza así en la mirada o el relato del goce de la pareja, viendo cómo el otro, el partenaire goza.

En resumidas cuentas, el perverso goza produciendo, señalando, la división subjetiva en Otro a partir de encarnar la posición de objeto. Por ello, le resulta inconcebible que alguien le pida que cambie, es como una roca dice Lacan, inamovible de su posición subjetiva.

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